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(Por Carlos Torres Trejo)

Detalle La Crucifixión, Matthias Grünewald (1523)

Hoy muy “a doc” con las celebraciones de semana Santa, me han entrado ganas de escribir un poco sobre los cristos y la dinámica del sufrimiento en el arte.

Es bien sabido que los temas religiosos, específicamente aquellos relacionados con el vía crucis y la pasión de Cristo han sido retomados en numerosas ocasiones por artistas como parte central de sus obras. Si bien es un tema que permanente exuda fe, imágenes impactantes que encierran simbolismos enormes sobre la muerte del hijo de Dios, víctima de los más atroces crímenes (humillado, torturado, clavado de los pies y manos, y en una cruz asesinado) ya bien comenta Stephen King en una ocasión sobre un Cristo que vio en una Iglesia “Se había vuelto loco de dolor. Se le notaba en la cara. Si volvía alguien así, dudé que estuviera de humor para salvar a nadie”.

Cristo en la Cruz, Bartolomé Esteban Murillo

Sin lugar a dudas, el hecho en sí, se encuentra lleno de una poética y un misticismo asombroso. Lo que muchos artistas contemporáneos hoy en día discuten es más bien el carácter abyecto y grotesco de las representaciones de la crucifixión, pero no es un tema sólo de hoy, sino de siempre dentro de la representaciones de “fe”. La intención lúdica per se de la pasión de Cristo tiende más a llenarnos de horror que a instalarnos en un éxtasis místico de contemplación. Existe una siniestra evocación a la “pasión” en aras del sufrimiento y la vejación como vía de ascensión de tipo ascético, enumerando un sin número de contradicciones simbólicas que resultan más un yugo dentro de la misma imagen, que una admiración.

Ahora bien, parece ser entonces que el “error” interpretativo o el punto central consiste en una demostración inversa de valores, que bien la iglesia impuso como instrumento de control establecido desde la Edad Media.

Cristo Crucificado, El Greco (1566)

Curioso notar la gran crítica existente hacia una cierta cultura underground de horror, escatología y abyección dentro del círculo artístico, cuando la raíz de dicha búsqueda proviene precisamente un carácter místico y sagrado, muy cristiano. La exclusión de los rituales corporales y de cierta retórica del cuerpo fue consecuencia de la separación con lo que se consideraba “pagano”, específicamente aquello proveniente de los cultos a la naturaleza, de una valoración del cuerpo como entidad sagrada de exaltación, hacia una de trasgresión del cuerpo como virtud de elevación.

Muy acertada y quizá punzante es la crítica hecha desde la literatura por José Saramago en Caín, donde deja al descubierto la contradicción en la naturaleza de lo sagrado en contraposición con el entendimiento del cuerpo y la misma pulsión de vida. En el arte, Joel Peter Witkin es quizá el ejemplo más claro de exaltación de la abyección del cuerpo desde lo cristiano, aunque en una estética chocante y muy “cruda” que pretende más allá de mostrar simplemente lo cristiano, envolvernos en un universo simbólico de un cuerpo nuevo, de un sufrimiento latente y un horror aún más incomprendido, pero que sigue siendo muy cristiano.

Notables son entonces las acciones de grupos religiosos fundamentalistas, que critican cierto tipo de obras, como el caso de la destrucción de la obra Piss Christ de Andrés Serrano en Aviñon, y que dejar entrever una sumisión en un discurso religioso (y más aún uno contemporáneo) muy incomprendido y simplemente asumido, sin mayor reflexión.

Piss Christ, Andrés Serrano (1987)

Cristo agonizante atormentado por los demonios, James Ensor (1895)

Importante notar cómo aún en discursos “alternativos” se deja sentir todo el peso del discurso religioso, “sin contemplación”. Hoy día, pese al desarrollo del performance y las nuevas vistas sobre el cuerpo y la identidad, se entiende poco sobre la trasgresión del cuerpo. Ana Mendieta, por ejemplo, es uno de los casos contrarios que sin pretender inmiscuirse en un discurso religioso recupera un carácter sagrado del cuerpo, lo instala como unidad fundamental y de ahí parte para su trabajo conceptual.

Crucifix and Tapestry, Joel Peter Witkin (2010)

Cristo de San Juan de la Cruz, Salvador Dalí (1951)

Para culminar daremos un ejemplo más claro. Los cristos de Matthias Grünewald y Salvador Dalí. En el primero observamos un Cristo mundano, sufriente, doliente y particularmente agonizante. El sufrimiento totaliza la obra, la vuelve muestra de lo más humano, de un Cristo doliente y muy real. Nos impacta porque nos horroriza, nos trasmite una “pasión” salvaje, muy materialista y antimístico. Por el contrario el Cristo de San Juan de la Cruz de Dalí, elimina el dolor y nos presenta un Cristo desde arriba. Abstraído del fondo, se encuentra crucificado ante la nada con el fondo de Port Lligart (Gerona), en plena elevación. La poética del Cristo de Dalí es idealista, sin sufrimiento y con una gran carga de contemplación.

Así bien del tema se podría hablar muchísimo, pero por el momento nos quedamos con esto para la reflexión, ¿qué tan cercanos o alejados estamos entonces del discurso religioso desde el arte contemporáneo? Hay aún mucho que pensarse.

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