Home

Shame de Steve McQueen

Shame de Steve McQueen, otra de las grandes películas del año que literalmente están hechas para no gustar. Con un reparto estelarizado por Michael Fassbender (Brandon Sullivan) y Carey Mulligan (Sissy Sullivan), la película nos transporta a un mundo decadente, enfermo, gris ¿nuestro mundo? (Por Carlos Torres) 

 

La película es en sí una pieza compleja, que nos transporta a la vida de Brandon Sullivan, hombre de mediana edad, exitoso, que vive en Nueva York. Sobre la vida de Brandon jamás sabemos demasiado, vive y trabaja en Nueva York dentro de un gran corporativo, al parece es un ejecutivo importante. La trama está centrada en su ninfomanía que tiene una particularidad, es virtual. Adicto a la masturbación a través de imágenes pornográficas en la red, su vida gira en torno a una sexualidad mermada, cuya rutina se ve interrumpida cuando su hermana, Sissy, llega a vivir a su apartamento por algunos días.

Con un guión que no llega a pretencioso la fotografía hace lo suyo a través de planos que nos permiten entender y cuestionar el desarrollo de la vida del hombre. Brandon vive en un mundo agitado, Nueva York como la gran manzana, la ciudad del dinero, de los grandes vicios y placeres. Si bien posee una vida desahogada, con una buena posición económica, vive en un pequeño apartamento, muy minimalista. De paredes blancas y decoración prácticamente inexistente, Brandon es un individuo pulcro y metódico, en apariencia sencillo. Su única y gran fascinación son las fantasías virtuales que los sitios pornográficos le ofrecen,  y cuyas fantasías ve cumplidas en algunas ocasiones al contratar sexo servicios. La temática nos plantea un estilo de vida posmoderno, que cualquier ejecutivo “exitoso” desearía. Hombre guapo, bien dotado, con un buen cuerpo, y con gran sex appeal. Sin complicaciones de vida matrimonial.

 

Lo que más me ha impactado es el choque entre la narrativa visual y el tema en sí. Se plantea un mundo agitado, violento, rápido, bajo una estética y una dinámica de la velocidad y la violencia, como aludirá en muchos de sus textos el teórico cultural Paul Virilio. Una sociedad altamente tecnologizada, pero donde parece que la máquina se ha apropiado de la subjetividad del individuo. El único sujeto existente es aquel representado en la virtualidad, ya que en la existencia material todos son sólo sombras, o artificios de una realidad, de un mundo que se diluye y se escapa de las manos por banal y demasiado complicado. Ante este caos temático, de onanismos múltiples, extremos y apresurados, la narrativa visual es lenta, paulatina. Las escenas duran “minutos”, y permiten entender la complejidad del pensamiento del individuo, precisamente nos sacan de su dinámica mental y nos obligan a cuestionarnos el estilo de vida de este “campeón”. Se centran en el encuadre de planos que cercenan el cuerpo, que lo vuelven abyecto para destacar sólo una parte, lo que importa muchas veces, el órgano sexual.

 

En lo personal me ha afectado bastante. Quizá por que siento corresponde a mi generación, identifico muchos, muchos de los rasgos y vicios de mis compañeros, de mis amigos, de mi mismo. Una marcada tendencia al sin sentido de las relaciones, una separación total de las vinculaciones afectivas, donde los sujetos son más que objetos del deseo, de los cuales, la única función que se cumple es la descarga de semen, sin siquiera haber una plena satisfacción.

 

Un mundo donde la virtualidad se ha convertido en el primer y principal parámetro de realidad. Al encontrar de fácil acceso un universo de maravillosas perversiones y sueños, difíciles de realizar en la cotidianeidad por una moral hipócrita y donde cada individuo en la masa, no es más que otro punto en el sistema, el individuo cobra importancia, como partícula y como mercancía, adquiere un valor de cambio, de uso, de desecho.

Una facilidad de éxito social, un desarrollado y amplio carisma. Basado en el know-how to look, know-what to say. En el pleno accidente controlado, instrumentación que permite insertarse como “truinfador”, como macho alfa. Como líder de la manada. Ya no hay manada.

 

Fassbender es un tipo frío, metódico, pero frustrado, apolíneo. Su hermana Sissy, mujer que representaría lo dionisiaco usando la diada nitszcheana es su contraparte. Sin embargo los dos sufren en el fondo del mismo mal. Abandono. Uno por decisión, la otra por su hermano, por el mundo. El uno sin hogar, la otra de todas partes, sus conflictos se enfrentan ante el grado de responsabilidad con que los dos viven el mundo. Los dos caóticos y desenfrenados, hasta el punto de preguntarnos cuál enfermedad resultaría menos perniciosa, ninguna. Ambos buscan en la violencia del cuerpo su única alternativa de escape, que da alivio. Droga mísera, de mala calidad, que sólo aumenta el efecto de malestar, el malestar de la cultura diría Freud.

 

Shame, la vergüenza como esa doble moral victoriana, potencializada a través de las grandes urbes y su progreso, la muestra última del fracaso humanista, la victoria capitalista. Ciudades como individuos aparentes, que ocultan sus bajos placeres. ¿Necesarios de señalar? No caigamos en la propia trampa del argumento. Necesarios como válvulas de escape ante universos de represión donde la efectividad tiene que rendir ganancia, productividad. Productividad humana, no sólo laboral, sexual. Llevada hasta el extremo más íntimo y personal. Evidenciada como el último dejo de persona ante una sociedad voyeurista, exhibicionista, que ya no se exhibe por placer, sino por necesidad. ¿Necesidad? De saber que aún es algo, despojo de hombre. Con precio. El dinero ya no importa, no sirve de nada. El medio como la única y propia estética, como propone Rosalind Krauss, pero donde la asunción del hombre como objeto no lo lleva a una situación de poder, sino a la naúsea. En un momento de reflexión Brandon tira toda la pornografía a la basura. La pornografía no es el problema, la basura está en su cabeza. En la de su hermana. En la de su jefe. En la de aquella mujer, dulce, tierna, pura virginal, que responde a sus coqueteos en el metro. Que se avergüenza, que acepta el encuentro, con su anillo de bodas en el dedo.

 

Lo único que molesta es el desenlace de Sissy, esperado. El final de Brandon, no se sabe. Película que no pretende poner fin. Que critica desde su visualidad, una poética grotesca, que se vuelve evidente, que combina una musicalización etérea con escenas de sexo duro, anal, oral, con aquel apuesto hombre, que anda desnudo, ya no hay nada que ocultar, no por orgullo de lo que se tiene, sino porque ha dejado de importar.

 

No pretende ser una lección moralizante, sino una crítica ácida, dura, como sexo en un live chat. Cínica y desvergonzada, quizá nos hubiese ver más de los personajes secundarios. Fácil encajonar a Brandon con el enfermo mental, el desviado, esperando su suicidio, cuando es un sin sentido de ninguno en particular. Dice Sissy “No somos malas personas. Nosotros sólo venimos de un mal lugar”… y tú y yo, ¿de dónde venimos?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s